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El Ictiocefalolalista

Y si me dedico a otros asuntos

Y si me dedico a otros asuntos

Y si me dedico a otros asuntos;
dijo mi reflejo sin voz en la superficie del agua;
cuando estaba al borde de un charco;
a escasa medida de un torpe resbalar.
Podría dedicarme a embotellar los más estrepitosos estornudos. Dije sin medir la sorpresa de lo contenido.
Podría dedicarme a las necedades para acabar para siempre
con mis crecientes necesidades.
Podría dedicarme a descorrer el telón del talón, haciendo talán-talán
con la vieja campana de la escuela.
Así recordaría las rondas de la Gabriela.
Podría dedicarme a fabricar estufas que archiven el aroma delicioso del estofado.
Podría fabricar entonces estufas resistentes a la estafa que amasa execrables fortunas.
Podría quizás; entre miles de otras cosas; astronomar la mar del amor.
Enrolar pasajeras de la noche en un padrón electoral, para elegir a la más hermosa de la vía láctea.
Las enrolaría además para aprovechar las luces del pensar; y quizás esto me permita el peso ideal dentro del mal pensar.
Podría dedicarme a destronar truenos y entronados que pretenden perpetuarse.
Podría dedicarme a desenrollar rollos y tramullos de tramoyas; para  decirle al Moya que asuma sus deudas y saberes; y que de una vez por todas asuma que sabe lo que sabe y pague lo que debe.
Podría dedicarme a coleccionar las fumarolas de las pipas de la paz; achoclonarlas en una tormenta de nubes de distintos colores, capaz de avergonzar al mismo arco de la testamentaria promesa.
Podría dedicarme a la investigación científica para resolver el mal de la fiebre del sábado por la noche.
Podría desollar ollas; limpiar el aseo; tapar cráteres, abrir fumarolas; hacer portadas de epitafios; vivir cien años de soledad; volver a los diez y siete; narrar cuentos del tío; cortaría los tirantes de los suspensores a los tiranos; aguaría fiestas en el desierto; atormentaría a las mismas tormentas; alimentaría al hambre para que se deje de atormentar a los más pobres.
No sé; podría dedicarme a tantas cosas; hasta podría intentar escribir algo interesante.

AMBROSÍAS PARA EL \

AMBROSÍAS PARA EL \

Escudriñó por doquier detrás del silencio y la soledad; y no por que fuese necesario hacerlo. ¡Puedo asegurarlo!
Si no más bien lo hizo por que sabía que sus ambrosías deleitaban hasta el total de sus “insosiegos”.
Entonces la encuesta masiva regurgitó inesperadamente las diversas respuestas del gentío; diversificando con esto el complejo idioma del que cree conocer la alborotada geografía.
Y nadie pudo explicarlo sin antes revisar las hojas numeradas del inmenso glosario.
¡Es cierto!
La simetría de las letras finalmente obstaculizó su entendimiento.
Y él tampoco habría sido claro al respecto; sin antes haber ojeado las otras hojas del léxico.  ¡El mismo lo insinuó!
Al igual que las nubes; la lluvia registró un mismo destino en todo este artilugio de palabrerías inconexas: la poza, el charco o el grisáceo lodazal.
Cada uno de los destinos identificados tiene su propia energía constructiva.
¡Y también la destructiva!
¡Es así! ¡Es irreversible! ¡Así sucederá siempre!
Anteriormente. Milenios después del origen, así sucedió,
Siempre acontece de este modo; y es quizás por eso que se representó como un oficioso actor; que sin muchos aspavientos quebrados por causa de su histrionismo; fue capaz de iniciar terribles tormentas ideológicas.
Este es un destino clásico; común y eterno.
La soledad lo acompañó siempre. Alentándolo incluso a continuar en su compañía a pesar de todo el peso que le representaba.
¡Nada perdura!  Sólo las palabras dichas durante la soledad.
Estas palabras son las únicas que llegan; son las únicas que capta y finalmente conoce el alma.
Nunca fue necesario entonces gritar este silencio.
Se hizo presente hasta en sus ojos tristes.
Y eran así; no por que sintiera tristeza, si no por que muy pocos oían sus angustias.
Por que el bullicio de la calle es ciego frente a esta soledad.

BELVEDERE DE FELINOS, COBIJO DE RECUERDOS

Se enraizaron como arrinconándose hacia el recóndito recodo de la casa.
Allá afuera donde el viento, la lluvia y el sol del estío hacen de las suyas sin tapujos ni obstáculos de albañilería.
Lo hicieron como si sintieran vergüenza de su enorme medida;  
como si las flores los hicieran sentirse culpables por su formidable fortaleza.
Sus ramajes hacen de belvedere a felinos; cuyo acecho de aves y pequeños saurios con colorida traza me hacen recordar la niñez.
Es de cobijo bueno y sombrea el prado cuando impera la ardentía
del mediodía.
Como otros árboles; éste y su compañero también me tientan al cobijo debajo de su ramaje; por donde; seguidamente, en pitadas nocturnas,
se escurren horrendos hollines caliginosos.
Son árboles que criaron mis sentimientos más hondos acerca de la originalidad de la sabiduría proyectada.
Observé sus crecimientos acompañados desde cuando eran apenas dos adminículos vegetales de la creación.
Me cobijé debajo de sus hojas macilentas como si buscara  imitar la extensión de sus sombras otoñales.
Y les aseguro que sentí la torva mirada reprobando cada pitada que consumía las raíces de mi cuerpo.  
Nos convertimos en amigos entrañables; consecuencia de los buenos y malos hábitos.
Ellos brindándome la delicia de sus ramajes abundantes;
yo asilándome en sus cobijares hechos con sombras de ramaje distinto.
De ese ramaje distinto que está cercano a los lugares oreados por el bullente reciclaje orgánico.
Falsos cobijos eludí desde entonces.
E intento no caer nuevamente en el mismo afán que los desmocha durante los temporales otoñales; pues necesito hilar con oficio de artesano el uso trascendente de los afectos.
Detesto desde entonces el silencio de sombras distintas, incapaces de refugiar mis huesos vigentes.
Mis huesos ya conocen el alivio de los reposos que perduran.
¡Si! Me refiero a mis huesos vigentes y a los otros que aún carcomidos por la corrupción; osarán sobrepasarme en cuanto memoria y recuerdos se refiere.
Sólo el hacedor sabe cuanto más escurre la tinta en hojas ajadas.

AYERHOY Y MAÑANA

AYERHOY Y MAÑANA

Un día como hoy no es diferente de cualquier otra batea. Qué hace distinto el formidable refriego de ayer y este insípido manoseo de hoy. Y éste último con otro cualquiera allá en el negruzco lodazal de la barriada. ¿Quién logra hacerlo distinto uno del otro? Es el mismo que ahora desagua la espumosa lavaza en el lodazal. 

Pocas diferencias palpé entre el común lunes de ayer y este ordinario  día martes de hoy. Mañana miércoles; posiblemente se seguirán observando esas mismas nimiedades del habitual acontecer. Ni la artesa; ni el camastro de madera que la sostiene a la altura de la cintura, perdurarán. Ni el presente ni el mañana tampoco podrán esquivar la insalvable valla del artificio temporal. Que así sea; pues para que estamos con referentes excepcionales; no hay mejor día que aquel vivido intensamente. El presente lo podemos corregir. ¡Al menos podemos intentarlo! ¡Es cierto! ¡Mañana esto podría parecernos un error! ¡Quizás! ¿Quien sabe? El ayer; en fin, ya aconteció con sus refriegas y desagües. ¿Qué podemos hacer para trocarlo? Francamente muy poco; casi nada ¡Nada! Sólo refregar intensamente las horas del artificio temporal y esperar demora y pasatiempo.

Soliloquios que pululan

Soliloquios que pululan

Sí. Es cierto; aunque pululen millones de personas por las estrías de esta irregular geografía; nada impide; busco igual; incansable, el sosiego de la soledad. Intento detener con esto las malditas marejadas de la sinrazón; que me hacen temer como el caos absurdo lo hace con la ilógica escalera del escritor. Y no conozco otros armatostes de resguardo como los que me brinda el propio silencio. A veces describo perífrasis de gentío acosando la macilenta soledad; la misma de esta conquista geográfica lograda sólo a pulso de poesía. Y pido seguir caminando sobre la huella de la palabrería. Entonces pienso en la misoginia que desbarata las armas del estruendoso violento. Y esto me preocupa; pues aunque siempre afirmé que la vida se batía entre la soledad de la aurora; tanto como en la del ocaso; observo atemorizado la agitación del astronauta cuando se siente desligado por unos instantes a la esperanza del regreso. La soledad es demasiado elocuente como para no escucharla y abandonarla a su propio quehacer. Ella; similar como lo hace una madre; nos vincula a la realidad temporal, y anuda los cabos sueltos que nos separaron de la creación y de su autor. La soledad; entonces, nos embriaga como lo hacen las silentes reflexiones a los pies de las pasajeras de la noche.

 

Olas de Males Enrejados

Olas de Males Enrejados

Nada es el resultado del devaneo preciso de un agitado palabreo;
todo es cuestión relacionada con un intenso propósito creativo.
Quizás hasta sólo sea el resultado de los efectos del tropiezo de una nutriente marejada; enfrentándose contra la árida marisma del continente. 
Hay incluso gentíos; quienes sugieren que todo es cuestión relacionada
con olas inmensas más allá de la sorprendente marejada.
Que todo tiene relación con un juego previo del azar;
y que finalmente nos hará premio de algo común a la esperanza.
Hay gentíos que se arrumban alrededor de la firmeza de un madero para esquivar los desvelos de esta solitaria palabrería.
Se apretujan con similar esperanza; con estéril austeridad;
y buscan misticismo alrededor de su curiosa forma entrecruzada.
A pesar de los aprontes; todos hacen latos rodeos esquivando los sacrificios que requiere estar arrimado a este madero.
Y es quizás por esto que muchos prefieren ahondar otros misterios,
para acallar expectativas propias y colectivas.
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Enfaldo de Ropajes

Enfaldo de Ropajes

Alcancé a escuchar detrás de mi ajada tienda,
supuestas verdades expuestas por inicuos sujetos.
Se trataba tan sólo de los comunes recaudadores del servilismo
que osaban iniciar así, sus seudo discursos plenos de verdades a medias y medias tintas.
Un estridente orador desbocaba sus pesares y carencias
vociferando inconclusas trápalas,
como imitando la seda de una siutiquería;
la que en nada ayudó a enfaldarse aquel ropaje ajeno.  
Para ellos; para los estridentes oradores, las mentiras tienen el valor de un suculento tentempié.
pero lo cierto es que son sólo verdades construidas a la medida propia.
Ellos omiten la certeza por que de lo contrario dejarían de ser profetas del poder y señores de la contienda sin escrúpulos.
Pregonan inciertos diversos por doquier sin temor  a los ácidos activos de la corrupción.
Dicen ser jamás descubiertos; y que la tenue imagen de la astronomía  nunca revelará la geografía del borde cartografiado.
Increíblemente sujetan con fervor hasta las débiles dagas broncíneas
de la arana lengua.
Se restan de aquellos que restan adeptos a la mentira;
de quienes bracean contra el arremolinado torrente de los liosos.
e insisten con aquellos apiñados alrededor del poder que los satisface.
Hasta hacen aparecer como una simple mentira la originaria verdad.
Entonces
¿Quienes son los que dicen verdades y quienes son los que mienten?
Pocos tienen clara esta diferencia; y esto debiera preocuparnos, pues
al final, a todos nos conviene que la claridad esté en todos.