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El Ictiocefalolalista

POETICA

INSOMNEMAR

INSOMNEMAR Igualas al roquedal que resiste los embates de la furiosa tormenta,
allá lejos en el farellón, con tu mingitorio de mármol ,
arrancado a la débil arenisca que no cesa de caer.
Eres como el riscal que detiene el oleaje recurrente de la insomne mar;
cuya secuencia la practicas como si en ello abrazaras por última vez
a la rebosante sirena.
Ahora eres temple sin discusión;
y mañana, asilo de la mujer de los hermosos hombros dorados;
la cual tendida al sol gratifica intensamente sus mínimas levedades.
Sostienes con firmeza el vaivén sinuoso de las tupidas algas;
pero no cesas de alborotar con el escurridizo pez o el bravío oleaje chamuscado.
Que vano afán os sostiene elevado hasta las fronteras inexpugnables de los albatros.
¿Que haces? Que ahora intentas imitar al Incansable oleaje para esculpir  inusuales formalidades del amor.
Que haces ahora rasgando el vistoso belvedere.
Que haces ahora que ostentas imitar incluso
a la arenisca de la insoportable perpetuidad.
Sosiega este constante amarse y extiende pronto la alfombra ocre
de las miles sirenas de hombros dorados.
Y ahoga ahora tus salobres lágrimas.
Y acoge en tu caos marino los hijos de extraño origen.
Acógelos en tus paredes donde se mezclan los gratos sabores.
Y pululen entonces intensos olores yodados con gracioso encanto.
Cúbrelos del oreado acompañante. De sus osadas caricias de amante desgarrado. De los embates apasionados. Del acoso delirante.
Atiende las súplicas del que paciente hiere tus orillas para otear tu desnudez destrozada.
Decanta ahora tu delicada piel en la entrada amorosa de la mar.
Y gobierna sus accesos restringidos.
Y las olas incansables resuenen como desde siempre;
jugando acompasadas con la eterna música del sosiego dormitado.
Y retuerce entonces la envidia acaecida. La emanada del furor de las tormentas. De la de aquel que dice amarte.

OTRO ASUNTO MÁS

OTRO ASUNTO MÁS Como otro asunto más de la inmensa obra.
aquello; quizás no atruena como comúnmente se espera de tal partícula; y tan poderosa.
Ni tampoco lo hace como otro asunto más ¡Es cierto!
De hecho no cesa de hacer correspondencia amorosa con el propio autor; ni con aquellas criaturas dispersas por la madre tierra.
Fue el soplo del Creador conteniendo su propia esencia lo que hizo finalmente la vida; dice el autor del génesis.
Entre sus arremolinados movimientos etéreos;
dijeron los aqueos, se oculta el Dios que a su vez desata las horrendas tormentas ¡Oh que contradicción!
Es en ello donde rebosa aquello que es alimento del respirar.
¡Os aseguro mil veces!
Sin mucho pregonar; dicen autores y poetas;
revuelve Eolo el cabello dócil de una mujer que imita a la luna;
y despoja de nubes a la misma cristalina para deleite de los flirteos
de un enamorado como yo.
De aquello se llenó antes el primero después de acabado el imperfecto molde de barro.
¡Si, es cierto! La esencia creativa se mueve entre este misterio y;
ese extraño estado volátil que simplemente se percibe,
pero que dicho de paso nunca ha sido observado por ojo alguno.
Qué poder pudo entonces inflar el velamen para correr detrás del  viento;
quizás para detenerlo ¡Oh que locura más impensable!
¡Logros al alcance de lo inimaginable gustas pequeño intruso
que osas ostentar poder de mortal! dijo la pastosa voz brotada desde la vaguada.
No te equivoques ni cierres las portadas del desierto; insinuó la voz que sin sonido retumbó en mis entrañas.
Recordad a quien detuvo la escabrosa tormenta que zarandeaba la frágil embarcación; se oyó por último.

VEJEZ PLATINADA

VEJEZ PLATINADA ¡Este día no es un día como cualquier otro! Asonó con estridencia el anciano platinado de la voz metálica. Era una voz que ajetreaba en medio de la algarabía del gentío; y que sin más bártulos que apear; pausadamente, ésta se enmudeció. Dijo esto el anciano; a pesar de ver con sus propios ojos, que el premio de la extensa jornada marina ostentaba suficiente bastimento; tanto en porte como en cantidad de peces. El bote se había batido antes de alcanzar el objetivo, entre la furia del Dios del Viento y la escabrosa Diosa de la Noche. El cigarrillo incluso había llegado a herir aun más las vías de respiro del platinado anciano.Desde luego; al regreso, todos insinuaron su cansancio.

 

¡Qué leseras no! Dijo y el escupitajo que precedió su silencio se esparció por causa del mismo viento entre sus botas y la arena de la playa. ¡Para algunos sí, para otros no tanto! Musitó a continuación casi sonriendo e hilando esto con las palabras de antes. Pero para mí; este es un día que regocija toda mi alma. Es el día que más espero. Es el día del merecido descanso. Y por que además puedo arreglar el jardín y jugar con mis nietos. Otros marineros; en cambio, por necesidad tienen que salir a navegar como si fuera un día más. ¡Que pena!

 

¿Acaso no les gustaría que todos los días fueran sábado?Tanto el deseo como la ocurrencia serían estupendos; pero les aseguro que no todos disfrutarían como yo lo hago. Se dijo así mismo el anciano rascándose parte del grueso antebrazo izquierdo. No todos agradecen la sucesión de los días; ni los días que se viven en la mar; ni los días que uno disfruta junto a su familia. ¿Por qué para disfrutar de las cosas es necesario trabajar? ¿Que culpa tiene el pez que intentó huir y las redes que lo atraparon? ¿Por qué el día sábado es tan sólo uno, y los demás; unidos, suman en total seis días?

 

No pensaré más; dijo el anciano de voz metálica. Aprovecharé de jugar con mis nietos y; seguramente; luego, me emborracharé con mis amigos en la cantina de la esquina. ¿Qué otra cosa puedo hacer lejos de la mar, cuando ella no me puede ahogar con sus penas?

 

 

RONDA EL BIENIO EL ÁNGEL DORMIDO

El más pequeño de mis hijos apenas ronda el bienio;
y por alguna inexplicable razón aún mantiene en sus comisuras
ese hermoso sonreír.
Siento que intuye la cercanía de su verdadero origen.
Se duerme simulando ser uno de esos angelitos; o quizás siendo el mismísimo cupido dormido.
Nada lo despierta.
Ni siquiera cuando escribo esto muy cerca de su rostro.
Siempre quise saber por qué sonreía con tanta facilidad;
y siempre pensé que se debía a su inagotable candidez.   
Al despertar exige su condumio haciendo gala; quizás ostentación de contar con dos  excelentes pulmones.
Hay de aquello que retrase tan habitual menester; el de las meriendas; ¡Por supuesto!
No hay cosa más hermosa que ver a un niño arremolinado en lid constante con su biberón o con el pezón de su madre.
Y nada satisface más que verlo saciado; ad portas de una nueva siesta.
Rompe el silencio detrás de una trastrabilladora carrera buscando el recodo solitario donde jugar.
Retuerce; no sé por que causa lógica las extremidades maleables de sus propios juguetes.
Pero invade; manipula y manosea vituallas y bártulos caseros; y un cuanto hay en las alacenas de la casa.
Recuerdo hábitos similares cuando era un poco mayor; pero no recuerdo que era lo que pensaba entonces.
Que daría por recuperar aquel olvido.
Y digo esto por que al ver el rostro de mi hijo me doy cuenta que es enteramente feliz.
Y esto para mí es cúmulo de alegría y gratitud.
Sería un necio si no dijera que aquellos momentos fueron los más intensamente felices; que es la felicidad misma la que se vive cuando recién; libres de las ataduras impuestas por los pañales y restricciones de la edad; nos dedicamos a conocer, tocar y sentir por nuestra propia cuenta el maravilloso mundo que nos rodea.

Los Murallones

Los Murallones El querer quiso imitar el amor del arco irisado;
como la nieve lo intentó con la pureza del concepto.
Quiso ser como el corazón sin palpitar del Cupido durmiente.
Quiso ser como el mármol imitado de la antigua cincelada del anónimo escultor.
Como el granito albo de la lejana cantera itálica;
como lo es su hermosa sonrisa detrás del labio corinto.
Quiso ser eso y mucho más, pero la verdad es que no pudo hacerlo.
No alcanzó a horadar las pilastras que la sostenían firmemente en plomado equilibrio.  
Ella se mantuvo incólume delante del ocio del tiempo.
Él, por vanos intentos arremetió, pero no pudo deslizar su tegumento por la tersa piel que asomaba como la de una mozuela.
Detrás de la nevisca de copos albos; a escasa medida del rostro entumecido;
nada igualaba esa albar sonrisa detrás de su labio corinto.
Ni siquiera lo hizo el madero ardiendo cerca de su cuerpo.
Y después de todo ese lato arrojo de enamorado;
se asomaron arremolinándose las cautivantes ambrosías; las que definitivamente la arrestaron para siempre en sus redes de bucanero.
Entonces, ni la palabrería; ni el vocablo acertado haría prudente el regreso a la cima de los copos blanquecinos.
De nada serviría entonces la heroicidad de la palabra versada;
ni la fortuna caída desde el cielo albo.
Fue simplemente el fino pulimento de la osada poesía, la que primero la cautivó; y ya vencida; ahora, mermado su baluarte, se aquietaba pensando en su error delante de tan hábil portador de cuadernillos y grafitos.
Decantaba la astuta y paciente cacería del remedo de un antiguo héroe de las palabras.
Había sucumbido así la inútil muralla construida alguna vez,
quizás después del fragor de un desamor torpe e inoportuno;
como siempre son todos los desamores.

Y si me dedico a otros asuntos

Y si me dedico a otros asuntos Y si me dedico a otros asuntos;
dijo mi reflejo sin voz en la superficie del agua;
cuando estaba al borde de un charco;
a escasa medida de un torpe resbalar.
Podría dedicarme a embotellar los más estrepitosos estornudos. Dije sin medir la sorpresa de lo contenido.
Podría dedicarme a las necedades para acabar para siempre
con mis crecientes necesidades.
Podría dedicarme a descorrer el telón del talón, haciendo talán-talán
con la vieja campana de la escuela.
Así recordaría las rondas de la Gabriela.
Podría dedicarme a fabricar estufas que archiven el aroma delicioso del estofado.
Podría fabricar entonces estufas resistentes a la estafa que amasa execrables fortunas.
Podría quizás; entre miles de otras cosas; astronomar la mar del amor.
Enrolar pasajeras de la noche en un padrón electoral, para elegir a la más hermosa de la vía láctea.
Las enrolaría además para aprovechar las luces del pensar; y quizás esto me permita el peso ideal dentro del mal pensar.
Podría dedicarme a destronar truenos y entronados que pretenden perpetuarse.
Podría dedicarme a desenrollar rollos y tramullos de tramoyas; para  decirle al Moya que asuma sus deudas y saberes; y que de una vez por todas asuma que sabe lo que sabe y pague lo que debe.
Podría dedicarme a coleccionar las fumarolas de las pipas de la paz; achoclonarlas en una tormenta de nubes de distintos colores, capaz de avergonzar al mismo arco de la testamentaria promesa.
Podría dedicarme a la investigación científica para resolver el mal de la fiebre del sábado por la noche.
Podría desollar ollas; limpiar el aseo; tapar cráteres, abrir fumarolas; hacer portadas de epitafios; vivir cien años de soledad; volver a los diez y siete; narrar cuentos del tío; cortaría los tirantes de los suspensores a los tiranos; aguaría fiestas en el desierto; atormentaría a las mismas tormentas; alimentaría al hambre para que se deje de atormentar a los más pobres.
No sé; podría dedicarme a tantas cosas; hasta podría intentar escribir algo interesante.

AMBROSÍAS PARA EL \

AMBROSÍAS PARA EL \ Escudriñó por doquier detrás del silencio y la soledad; y no por que fuese necesario hacerlo. ¡Puedo asegurarlo!
Si no más bien lo hizo por que sabía que sus ambrosías deleitaban hasta el total de sus “insosiegos”.
Entonces la encuesta masiva regurgitó inesperadamente las diversas respuestas del gentío; diversificando con esto el complejo idioma del que cree conocer la alborotada geografía.
Y nadie pudo explicarlo sin antes revisar las hojas numeradas del inmenso glosario.
¡Es cierto!
La simetría de las letras finalmente obstaculizó su entendimiento.
Y él tampoco habría sido claro al respecto; sin antes haber ojeado las otras hojas del léxico.  ¡El mismo lo insinuó!
Al igual que las nubes; la lluvia registró un mismo destino en todo este artilugio de palabrerías inconexas: la poza, el charco o el grisáceo lodazal.
Cada uno de los destinos identificados tiene su propia energía constructiva.
¡Y también la destructiva!
¡Es así! ¡Es irreversible! ¡Así sucederá siempre!
Anteriormente. Milenios después del origen, así sucedió,
Siempre acontece de este modo; y es quizás por eso que se representó como un oficioso actor; que sin muchos aspavientos quebrados por causa de su histrionismo; fue capaz de iniciar terribles tormentas ideológicas.
Este es un destino clásico; común y eterno.
La soledad lo acompañó siempre. Alentándolo incluso a continuar en su compañía a pesar de todo el peso que le representaba.
¡Nada perdura!  Sólo las palabras dichas durante la soledad.
Estas palabras son las únicas que llegan; son las únicas que capta y finalmente conoce el alma.
Nunca fue necesario entonces gritar este silencio.
Se hizo presente hasta en sus ojos tristes.
Y eran así; no por que sintiera tristeza, si no por que muy pocos oían sus angustias.
Por que el bullicio de la calle es ciego frente a esta soledad.

BELVEDERE DE FELINOS, COBIJO DE RECUERDOS

Se enraizaron como arrinconándose hacia el recóndito recodo de la casa.
Allá afuera donde el viento, la lluvia y el sol del estío hacen de las suyas sin tapujos ni obstáculos de albañilería.
Lo hicieron como si sintieran vergüenza de su enorme medida;  
como si las flores los hicieran sentirse culpables por su formidable fortaleza.
Sus ramajes hacen de belvedere a felinos; cuyo acecho de aves y pequeños saurios con colorida traza me hacen recordar la niñez.
Es de cobijo bueno y sombrea el prado cuando impera la ardentía
del mediodía.
Como otros árboles; éste y su compañero también me tientan al cobijo debajo de su ramaje; por donde; seguidamente, en pitadas nocturnas,
se escurren horrendos hollines caliginosos.
Son árboles que criaron mis sentimientos más hondos acerca de la originalidad de la sabiduría proyectada.
Observé sus crecimientos acompañados desde cuando eran apenas dos adminículos vegetales de la creación.
Me cobijé debajo de sus hojas macilentas como si buscara  imitar la extensión de sus sombras otoñales.
Y les aseguro que sentí la torva mirada reprobando cada pitada que consumía las raíces de mi cuerpo.  
Nos convertimos en amigos entrañables; consecuencia de los buenos y malos hábitos.
Ellos brindándome la delicia de sus ramajes abundantes;
yo asilándome en sus cobijares hechos con sombras de ramaje distinto.
De ese ramaje distinto que está cercano a los lugares oreados por el bullente reciclaje orgánico.
Falsos cobijos eludí desde entonces.
E intento no caer nuevamente en el mismo afán que los desmocha durante los temporales otoñales; pues necesito hilar con oficio de artesano el uso trascendente de los afectos.
Detesto desde entonces el silencio de sombras distintas, incapaces de refugiar mis huesos vigentes.
Mis huesos ya conocen el alivio de los reposos que perduran.
¡Si! Me refiero a mis huesos vigentes y a los otros que aún carcomidos por la corrupción; osarán sobrepasarme en cuanto memoria y recuerdos se refiere.
Sólo el hacedor sabe cuanto más escurre la tinta en hojas ajadas.